Edgardo Ríos, Mambrunense: de cocinar con lo justo a más de diez millones de seguidores manteniendo la impronta de siempre. En pocos años pasó de grabar recetas en una mesa ratona con “dos o tres cosas” en la heladera a transformar la cocina en su oficio y su forma de dar una mano: sigue repartiendo comida entre vecinos mientras prepara la salida de su primer libro.
Cómo empezó todo
Edgardo Ríos —conocido en redes como Mambrunense— aprendió temprano que el laburo era una vía hacia la independencia: a los nueve años consiguió su primer empleo en una verdulería del barrio, combinándolo con la escuela. Con ese primer sueldo compró zapatillas “de lona baratas” y, con lo que sobraba, figuritas de Dragon Ball. La cocina llegó casi de la mano con esa infancia: ayudaba a su mamá a preparar guisos y milanesas y, ya de chico, vendía bomboncitos, alfajores de maicena y juguitos en el barrio, siguiendo el intercambio y la venta puerta a puerta.
Formación y golpe de la pandemia
Antes de hacerse conocido en redes trabajó en gastronomía formal: fue chef, docente y profesor en escuelas de cocina; además hizo tareas variadas como vendedor y telefonista. Todo cambió con la pandemia: quedó sin trabajo junto a su pareja y tuvieron problemas para pagar el alquiler, a tal punto que, durante un tiempo, la comida cotidiana fue fideos con huevo.
El salto a las redes
Los primeros videos no tuvieron plan ni expectativas: eran hobby para pasar el tiempo. Grababa en una mesa baja con lo que tenía en la heladera —“una banana medio pasada, un poco de harina, aceite” y “dos o tres cosas” más— y lo que mostró fue útilidad: cocinar con ingenio, no con lujo. El primer clip se hizo viral y pronto se repitió la historia con otros. Hoy supera los diez millones de seguidores, pero Ríos mantiene el mismo espíritu: recetas sencillas, sin ingredientes raros, y siempre alternativas para reemplazos o dónde conseguir lo que falta.
Canjes, cambios y lo concreto
Las oportunidades llegaron rápido y de manera práctica: su primer canje fue con un mayorista que llegó “con una camioneta llena de cosas” —tanto que no entraba todo en la heladera— y, días después, una mueblería le regaló una mesa (hasta entonces cocinaba en una mesa ratona). Las redes no solo mejoraron su alimentación: también ordenaron su vida. Con los canjes y las marcas llegó la tranquilidad económica: pudo comprarse un auto y adquirir una casa para refaccionar; además viaja por trabajo y por placer.
El detrás de escena
Ríos insiste en borrar el mito de la receta instantánea: crear contenido implica planificar, comprar, cocinar, lavar, filmar y editar. No romantiza lo digital; destaca el trabajo constante que exige mantener una presencia sostenida y profesional.
Proyectos y mirada hacia el futuro
Aunque reconoce que nada es para siempre —“todo tiene un final”, según lo informado— se prepara y mira hacia adelante: sueña con abrir una escuela de cocina (no un restaurante, porque prefiere enseñar) y confirmó que dentro de un par de meses sale su primer libro de cocina, uno de los sueños que tenía pendientes. Cree en la manifestación, pero también en el ahorro, el trabajo y la constancia como claves para sostenerse.
Lo que no cambió
A pesar de los números y los viajes, Edgardo sigue con gestos del principio: cocina para repartir entre vecinos, amigos y familiares y mantiene la idea de que con poco se puede lograr mucho. Esa impronta, más que la cantidad de seguidores, es lo que define su trabajo hoy.




