El 30 de enero de 1945, el buque alemán MV Wilhelm Gustloff se hundió en el mar Báltico tras recibir tres torpedos soviéticos y dejó más de 9.000 muertos, una cifra seis veces superior a la del Titanic. A bordo viajaban más de diez mil personas, entre militares y civiles que intentaban escapar del avance del Ejército Rojo.
El ataque y un hundimiento récord por la cantidad de víctimas
La noche del 30 de enero de 1945, pocos minutos después de las nueve, el transatlántico fue atacado por el submarino soviético S-13, comandado por el capitán Alexander Marinesko. Los impactos desataron una secuencia fulminante: se deshabilitaron los motores, se apagaron los generadores y se cortaron las comunicaciones.
Los torpedos llevaban nombres cargados de simbolismo: “Madre Patria”, “Stalin” y “Pueblo soviético”. Según lo informado, esos disparos terminaron con la nave y con la vida de más de 9.000 personas, mientras que el número de sobrevivientes se estimó en unos 1.200.
El barco desapareció bajo el agua en menos de una hora: menos de 40 minutos después del ataque ya estaba completamente escorado y diez minutos más tarde se hundió por completo. Quienes lograron saltar al mar, en su mayoría, murieron rápidamente por hipotermia.
Una evacuación desbordada: capacidad, listas y hacinamiento
El Wilhelm Gustloff era un buque de gran porte: una estructura de cinco pisos, 208,5 metros de eslora y 25.000 toneladas. Había sido concebido para 1.900 pasajeros más una tripulación de 400, pero en su último viaje salió con más de diez mil personas arriba.
En el puerto de Gdynia, cerca de Danzig (la actual Gdansk), el embarque fue caótico. Para el 29 de enero, la lista oficial registraba 7.956 personas a bordo. Después no se anotó a nadie más, aunque en las 48 horas siguientes se sumaron muchos que se colaron sin que se los frenara. Parte de esa multitud incluía personal militar, técnicos y civiles, en muchos casos con sus familias.
Las condiciones a bordo fueron extremas: una porción importante quedó en cubiertas superiores, a la intemperie, con temperaturas bajo cero que derivaron en decenas de casos de hipotermia incluso antes del ataque.
Decisiones en ruta, escolta incompleta y luces encendidas
El buque partió pasado el mediodía del 30 de enero con destino a la base naval de Kiel. La escolta prevista incluía dos torpederos y otro transatlántico armado, pero este último no pudo salir por problemas mecánicos y uno de los torpederos regresó a puerto poco después de la partida.
A bordo convivían dos autoridades: el capitán Friedrich Petersen y el comandante militar, el teniente Wilhelm Zahn. Zahn recomendó navegar cerca de la costa, en aguas poco profundas y sin luces, pero Petersen decidió ir hacia aguas profundas que se consideraban liberadas de minas.
A las seis de la tarde, Petersen recibió un aviso: un convoy alemán de dragaminas venía en dirección al Gustloff. Para evitar una colisión, ordenó prender las luces de navegación, una decisión que volvió al barco fácilmente identificable en la oscuridad. Con el objetivo ya visible, el S-13 lo siguió durante dos horas y se colocó del lado de babor, más cerca de la costa, desde donde el ataque resultaba menos esperado.
El colapso a bordo: botes congelados y una salida imposible
Tras los impactos, el barco quedó completamente a oscuras. La tripulación intentó arriar botes salvavidas, pero solo pudo bajar nueve: varios estaban congelados, pegados a los pescantes y con sogas que no se podían mover. Además, al inclinarse el barco hacia babor, los botes del lado de estribor quedaron inutilizables.
Entre los pocos que tocaron el agua, uno se hundió al caerle encima un cañón antiaéreo que se desprendió. Bajo cubierta, miles buscaron escapar del agua helada, pero se amontonaron en escaleras y pasillos: hubo muertos por aplastamiento y también suicidios, incluso casos de personas que mataron a tiros a sus familiares antes de quitarse la vida.
Los rescates llegaron rápido, pero no alcanzaron: los sobrevivientes fueron levantados por un par de torpederos, un dragaminas y otras embarcaciones que alcanzaron el lugar.
De “hotel flotante” nazi a buque militar y sepulcro en el Báltico
El Wilhelm Gustloff no había nacido como buque de guerra. Fue construido en 1936 por orden de Adolf Hitler dentro del programa “Kraft Durch Freude” (Fuerza por la alegría), ideado por el líder sindical Robert Ley. Se lo botó en 1938 y recibió el nombre de Wilhelm Gustloff, un político nazi suizo asesinado en febrero de 1937.
Era un “hotel flotante” del proyecto número 511 de los astilleros Blohm & Voss (Hamburgo), con ocho cubiertas, piscina interior climatizada y camarotes iguales salvo uno reservado para Hitler si lo usaba. En su viaje inaugural, el 21 de abril de 1938, fue a Madeira (Portugal). Ese mismo debut quedó marcado por la muerte del capitán Carl Lübbe, de 55 años, quien falleció de un ataque cardíaco al día siguiente, en el puente.
Durante la guerra, el buque cambió de rol varias veces: repatrió a la Legión Cóndor desde España, fue buque hospital tras la invasión a Polonia en septiembre de 1939, operó como nodriza de submarinos y volvió a tareas sanitarias. En distintos momentos pasó por Danzig, Oslo y Stettin, hasta quedar, entre fines de 1940 y 1943, como buque cuartel. Entonces se lo pintó de gris naval, se le quitaron marcas hospitalarias y se le instaló armamento:
- tres cañones de 105 milímetros
- cuatro cañones de 20 milímetro por banda
En enero de 1945, dentro de la Operación Aníbal, Alemania movilizó más de mil embarcaciones para evacuar personal militar y civiles cuando las tropas soviéticas bloquearon Prusia Oriental. El Gustloff fue asignado a esa evacuación y terminó convertido en una trampa mortal.
Con el paso del tiempo, se discutió si el hundimiento podía considerarse un crimen de guerra. Marinesko no fue celebrado de inmediato: fue acusado de alcoholismo y de haberse ausentado tres días por una mujer sueca, lo que derivó en su degradación. Años después recibió la “Orden de la Bandera Roja”, y tras su muerte fue nombrado Héroe de la Unión Soviética.
A 81 años del desastre, la estructura del Wilhelm Gustloff permanece a 44 metros de profundidad en el Báltico, señalada como el mayor sepulcro submarino. El episodio inspiró películas como Nacht fell uber Gotenhafen (1959), de Frank Wisbar, con Sonja Ziemann, y Die Gustloff (2008), dirigida por Joseph Vilsmaier, con Kai Wiesinger. También fue recuperado en la novela Lágrimas en el Mar, de la escritora estadounidense Ruta Sepetys.




