Qué lee Di Stefano en el mercado
El analista financiero Salvador Di Stefano sostiene que el mercado argentino no estaría descontando un salto cambiario de magnitud en el horizonte de 2027. Su lectura se apoya en tres variables: la acumulación de reservas del Banco Central, el superávit fiscal sostenido y el avance del Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI). La tesis es que ese conjunto de señales reduciría la presión sobre el tipo de cambio y permitiría que el dólar se mueva más cerca de la inflación que de una corrida.
Para respaldar ese argumento, Di Stefano cita las tasas implícitas en instrumentos de mercado: el TZX28 rinde 7,7% anual, el TZV28 cotiza al 6,9% anual, el TZX27 al 2,7% y el TZV27 al 3,1%. Esas tasas, interpreta, revelarían que los inversores no esperan una espiralización del tipo de cambio. Sin embargo, es importante separar lo que muestra un instrumento de lo que garantiza: una curva de bonos refleja expectativas en un momento dado y puede revertirse si cambian las condiciones.
Reservas, superávit y RIGI: el triángulo del relato
La acumulación de divisas en el Banco Central es uno de los argumentos más usados para defender la estabilidad cambiaria. En términos generales, más reservas amplían la capacidad de intervención de la autoridad monetaria y reducen la probabilidad percibida de un salto abrupto. Pero el impacto real depende de la composición de esas reservas: si son netas o brutas, si incluyen swaps, préstamos o divisas de libre disponibilidad. Ese detalle no siempre queda claro en los análisis de mercado y es clave para evaluar la solidez del argumento.
El superávit fiscal, por su parte, reduce la necesidad de emisión monetaria y baja el exceso de pesos en circulación, lo que modera la demanda de cobertura cambiaria. Es un dato positivo dentro del esquema, aunque su efecto depende de la persistencia: un superávit que dura dos trimestres no tiene el mismo impacto que uno estructural.
El RIGI, tercera pata del argumento, promete atraer capital grande hacia sectores estratégicos como energía y minería. Di Stefano lo menciona como señal de confianza inversora. Analistas advierten que su impacto real depende de cuántos proyectos lleguen a ejecución, en qué plazos y bajo qué condiciones externas.
Proyecciones previas y consistencia del análisis
Las proyecciones de Di Stefano han cambiado según el contexto macroeconómico. En distintos momentos sostuvo que el dólar podría ubicarse en $1.600 hacia fines de 2026, o en torno a $1.800 a fin de año si la inflación anual rondara el 27% o 29%. En su lectura más reciente, no ve alta volatilidad para el tipo de cambio en 2027 y proyecta que su evolución acompañará a la inflación.
Esa variación no invalida el análisis, pero sí muestra que se trata de opiniones de mercado actualizadas según los datos disponibles en cada momento, no de proyecciones con respaldo técnico fijo. En ese sentido, la lectura del mercado que menciona la nota es, más precisamente, la interpretación que Di Stefano hace de algunas curvas de bonos. No hay una encuesta de consenso que confirme que el grueso de los operadores comparta exactamente esa visión.
Riesgos que el análisis no descarta
Incluso dentro del esquema más optimista, los riesgos latentes siguen presentes. Una reversión en el flujo de capitales, un deterioro en las negociaciones con el Fondo Monetario Internacional, o un cambio en las condiciones externas —tipo de interés en Estados Unidos, precio de commodities, sequía— pueden alterar rápidamente el cuadro de reservas y presionar el tipo de cambio.
El dólar MEP perforó los $1.200 en uno de los tramos recientes, lo que da la pauta del nivel de referencia que el mercado viene manejando. Que ese número suba o no en forma brusca depende de variables que ningún modelo puede anticipar con certeza, y Di Stefano mismo lo reconoce en sus análisis cuando incorpora escenarios alternativos según inflación y estacionalidad.
En definitiva, el cuadro que describe el analista es coherente con los datos disponibles hoy, pero es una hipótesis de trabajo, no una conclusión cerrada. El inversor que opera en base a esa lectura lo hace asumiendo que las condiciones que la sostienen —reservas, superávit, confianza en el RIGI— se mantendrán en el tiempo.




