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Veinte empresas concentran la mayor parte de las góndolas y condicionan los precios de los alimentos

En la Argentina, una parte importante de los productos que llegan todos los días a la mesa de las familias está en manos de un grupo reducido de compañías. Aunque en las góndolas parezca haber variedad de marcas, detrás de esa oferta hay pocas empresas con un peso decisivo en rubros clave como lácteos, bebidas, aceites, yerba, limpieza y alimentos procesados. Esa concentración no es nueva, pero sigue siendo un rasgo central del mercado y tiene impacto directo en la formación de precios.

Un relevamiento oficial que todavía se usa como referencia para entender la estructura del sector indicó que 20 grandes empresas explican el 74% de la facturación en supermercados. El dato muestra un nivel de dominio muy alto en el consumo masivo y ayuda a entender por qué los movimientos de precios de un grupo reducido de firmas terminan influyendo sobre buena parte de la canasta básica. En los hechos, cuando esas compañías remarcan, el efecto se siente rápido en miles de comercios y en millones de hogares.

La concentración también se observa al mirar categorías puntuales. En cada rubro aparecen jugadores que ocupan posiciones dominantes y que, por volumen de producción, distribución y presencia en supermercados, tienen una ventaja marcada frente a competidores más chicos. El problema no es solo el tamaño, sino la capacidad de fijar condiciones en sectores donde ingresar y crecer se vuelve muy difícil para pymes y cooperativas.

Las empresas que dominan las categorías más sensibles

Entre las compañías con mayor presencia aparecen firmas líderes en consumo cotidiano. Unilever mantiene una fuerte participación en productos de limpieza, perfumería y almacén. Arcor, junto con Danone y Mastellone, concentra buena parte del negocio de lácteos, alimentos secos, golosinas y algunas bebidas. Coca-Cola conserva una posición dominante en bebidas sin alcohol. En frescos y procesados cárnicos sobresalen Swift y BRF. En aceites, el peso recae sobre Bunge, AGD y Cañuelas. En yerba mate, una de las empresas más fuertes es Establecimiento Las Marías.

El mapa se vuelve todavía más claro cuando se observan productos específicos. En el mercado del atún en lata, cuatro empresas reúnen el 85% de las ventas. En ese universo, una sola firma llega al 22% de participación. En duraznos en lata, tres compañías explican el 76% del mercado. En tomate en conserva se repite una lógica parecida, con pocos jugadores liderando la oferta. Es decir, no se trata solo de una concentración general del consumo masivo, sino de una presencia dominante en alimentos concretos que forman parte de compras habituales.

Cuando el esquema se organiza de ese modo, la competencia queda reducida. Puede haber muchas etiquetas o presentaciones distintas, pero no necesariamente hay una puja real entre empresas independientes. En varios casos, distintas marcas pertenecen al mismo grupo económico o responden a un puñado de firmas con enorme poder de negociación frente a supermercados, distribuidores y proveedores.

Qué pasa con los precios y por qué importa en la canasta básica

La discusión sobre concentración no es solo teórica. Tiene una consecuencia directa en el bolsillo. En mercados donde pocas empresas controlan la producción y la distribución, la posibilidad de influir sobre los precios es mayor. Eso no significa que una sola firma determine por sí misma toda la inflación de alimentos, pero sí que un grupo pequeño puede mover valores en sectores muy sensibles del consumo diario.

En un contexto de caída del poder adquisitivo, cualquier suba en alimentos esenciales tiene un impacto fuerte. Lácteos, aceites, bebidas, conservas, yerba y productos de limpieza forman parte del gasto básico de millones de hogares. Si en esos rubros predominan jugadores muy grandes, las pymes quedan con menos margen para disputar mercado y ofrecer alternativas más competitivas. El resultado es una estructura menos flexible, con menor diversidad real y con un piso de precios que muchas veces se vuelve difícil de perforar.

Ese fenómeno también se observa en la relación entre fabricantes y supermercados. Las cadenas comerciales pueden tener poder para negociar, pero del otro lado suelen enfrentar empresas de gran escala, con marcas instaladas y alta rotación. Por eso, el peso de las listas de precios de esos proveedores sigue siendo determinante. Cuando las compañías líderes actualizan valores, la tensión pasa rápidamente a las góndolas.

En los últimos años, además, cambió la forma en que el Gobierno intervino ante esos movimientos. Con el cambio de gestión, dejaron de aplicarse esquemas como Precios Justos y también se desarmaron mecanismos de administración vinculados a materias primas. En su lugar aparecieron señales públicas para frenar aumentos y pedidos a cadenas de supermercados para rechazar listas con remarcaciones consideradas excesivas. Ese giro modificó la dinámica, pero no alteró la estructura de base: las empresas con mayor participación siguen ocupando el centro del tablero.

Un problema estructural que no se revierte con facilidad

La persistencia de esta concentración muestra que el problema excede a una coyuntura o a un gobierno puntual. Se trata de una característica de larga data del mercado alimenticio argentino. La referencia oficial de 2019 ya mostraba ese nivel de dominio y, con matices, el esquema se sostuvo en los años siguientes. Incluso con cambios económicos, apertura comercial, recesión o variaciones del consumo, la centralidad de las grandes firmas no se desarmó.

En paralelo, muchas pymes vienen perdiendo espacio. Algunas reducen producción, otras quedan absorbidas por grupos más grandes y otras directamente salen del mercado. La dificultad para acceder a financiamiento, sostener costos logísticos, competir en publicidad y garantizar presencia en grandes cadenas juega en contra de los actores más chicos. En alimentos, esa desventaja se nota rápido: quien no logra volumen ni distribución masiva tiene pocas chances de competir en igualdad de condiciones.

También aparece otro costado del problema cuando las empresas atraviesan crisis profundas. Dentro del universo de firmas recuperadas por sus trabajadores, el sector alimentario tiene una presencia importante. Distintos relevamientos ubican a esta rama entre las de mayor participación dentro de las experiencias de recuperación productiva, una señal de la fragilidad que existe fuera del núcleo más concentrado. Mientras unas pocas compañías consolidan su posición, otras unidades productivas quedan expuestas a cierres, concursos o fuertes recortes.

La discusión de fondo va más allá de una marca o de una lista de precios puntual. Lo que está en juego es cómo se organiza un mercado esencial para la vida cotidiana. Cuando 20 empresas reúnen casi tres cuartas partes de la facturación de supermercados, la pregunta sobre quién tiene la capacidad de ordenar precios, condicionar márgenes y definir qué llega a la mesa deja de ser secundaria. En un país donde los alimentos ocupan una parte cada vez más grande del gasto familiar, esa concentración se convierte en un dato central para entender por qué la inflación golpea con tanta fuerza en la vida diaria.

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